La espiritualidad indígena, y en particular la maya, es lo suyo. A partir de allí, Magda Angélica ha realizado dos discos, Tejedora de sueños, y este nuevo Ilhuikatzin (Venerable cielo, en náhuatl). La madurez de la cantante aquí es evidente, tanto por el lado compositivo como por el interpretativo en términos de world music, género poco explorado en el país.
Lo que la joven y recién convertida madre presenta son 15 cortes, en los que a tiempo lento o rápido se entremezclan los sonidos de tonajas, tambores y percusiones varias, marimba, acordeón, cello, piano, caracol, arpa, sintetizador y guitarra acústica, bordeando en concreto etnofusión.
El disco contiene mística, pero también gozo, respiro, asombro, despertar y admiración por los seres de luz, por la naturaleza y por las fuerzas invisibles que habitan en una realidad aparte de esta. Tal como nos lo recordó Carlos Castañeda.
Entre las piezas subrayantes de la placa se encuentran: Danza de la Luna, que tiene ese aire de son alegre; Alas, que Magda Angélica llama “un canto de poder”, es un coro y una voz solista acompañada de percusión; Amanecer, coro, percusión profunda, cello y guitarra, que evocan la salida del Sol y la gratitud que se experimenta del mayor espectáculo del mundo; Delfines, una suave melodía cantada en lengua siouan, de los indios dakota, dedicada a su espíritu de poder. Se suman a estas también: Vuelo del águila, con piano, bajo, acordeón, percusión a tiempo medio y una voz que tararea melódicamente, describe un vuelo, un viaje (pero no turístico); Sangre, donde la intérprete procura romper sus propias limitaciones estilísticas, y acoge un ritmo animado con guitarra y coros juntos; y por último, Latido de montaña, donde a ritmos de danzas mexicas transmite festejo y energía. Pero no se despiste, el disco posee pizcas de pop, para hacer accesible el material.
Como intérprete, su voz dulce, amable y de corto vibrato, muestra por ratos desenfado e intensidad, y no escatima cantar incluso en kaqchikel. Además su actitud respetuosa hacia el tema y apropiación (son canciones escritas por ella), abonan originalidad.
Entre los artistas que aquí la apoyan se hallan: Fernando Scheel, Lenin Fernández, Benjuí Carazo, Miguel Ángel Villagrán y Patrice Fisher.
En fin, el disco marca la gran diferencia entre cantarle al ser y al tener. Es también una invitación a la búsqueda del contacto con lo invisible y lo sagrado. Es un material audaz y en exageración un radical punto y aparte a lo que escucha en: Latin American Idol o Academia Timbiriche.
Por: Jorge Sierra
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